Crónica
Social
Salud
15/03/2026
A veces me pregunto, qué recordarán de nosotros cuando sea el adiós definitivo. Si bien es cierto que somos bien de ritos, de flores y de discursos sentidos en el cementerio, la verdad es que el legado no se construye en una urna, sino en cómo nos comportamos en el día a día, sin embargo nos pasamos la vida angustiados por el "qué dirán", como si estuviéramos rindiendo un examen constante ante un jurado.
Por un lado nos desvivimos por cumplir expectativas ajenas y, por otro, caemos en un individualismo de "no me importa lo que piensen". Pero ese desapego suele ser una coraza. La realidad es que cada paso que damos deja una huella, querámoslo o no. Es como cuando uno prepara un asado, el sabor no depende solo de la carne, sino de cómo trataste a los que estaban alrededor de la parrilla.
¿Vale la pena postergar nuestras ganas de ser auténticos, solo para que en el funeral alguien diga que fuimos una buena persona?. Al final, vivir pendientes de la aprobación externa es como tratar de llenar un saco roto. Lo lindo es cuando logras hacer las cosas bien por convicción propia, no por el aplauso. Porque al final del día, lo que queda es la experiencia compartida, esa risa que provocaste o el apoyo que diste sin que nadie te lo pidiera.
Nos aterra que hablen mal de nosotros, pero olvidamos que todo lo que hacemos afecta a alguien, positiva o negativamente, a veces sin querer. Por lo mismo, quizás el secreto no es ser "santos" para el resto, sino ser coherentes con nosotros mismos. Si vivimos a nuestra manera, y con respeto, el legado se cuida solo.
Al final, cuando nos toque dejar este mundo terrenal, la historia que contarán de nosotros no será el resumen de nuestros éxitos, sino el eco de nuestra humanidad. Prefiero mil veces que digan "vivió a su pinta y fue feliz" a que murmuren "hizo todo lo que se esperaba de él". Después de todo, una vida auténtica vale mucho más que una vida de apariencias bien evaluada por los demás.
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Autor: Máximo Martínez Campos