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Crónica
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12/04/2026
La verdad es que, por mucho que nos hablen de capital humano o reestructuraciones estratégicas, cuando llega el momento de firmar un finiquito, la cosa se pone bien cuesta arriba. En Chile, donde compartir el café de la mañana es casi un ritual sagrado en la oficina, despedir a un colaborador, o que te toque a ti, no es solo un tema de números o de una planilla Excel que no cuadra.
Ayer nos podría haber tocado celebrar el cierre de un proyecto o comentar el partido del domingo, y hoy un silencio incómodo en el escritorio de esa persona que se fue, y con quien compartiste el estrés, o el dolor por la pérdida de un familiar. Al final, los equipos se vuelven una especie de familia donde uno conoce hasta las mañas del otro. Por eso, cuando el jefe directo tiene que dar la noticia, no se va solo un cargo.
Es como un duelo, el vacío se nota en el pasillo y en el chat grupal, o en esa silla vacía. Sin embargo, todos sabemos que el reloj no perdona. La pega tiene que seguir, los correos siguen llegando y las metas de fin de mes no se mueven por mucha pena que tengamos. Es una contradicción súper humana: nos duele la ausencia, pero la inercia de la oficina nos obliga a seguir pedaleando casi de inmediato.
A veces los momentos económicos del país o un desempeño que no dio el ancho gatillan estas salidas, y lo más sano es entender que rara vez es algo personal. Son las circunstancias, el "así es la cosa" que nos toca aceptar. Cuesta ver el vaso medio lleno cuando la incertidumbre asoma, pero la convicción de que vienen cosas mejores es lo único que nos mantiene a flote.
Al final del día, lo que queda no es el reporte que entregamos, sino el recuerdo de la persona con la que brindamos en la última cena de fin de año. La confianza en uno mismo no se puede perder por un mal bache laboral. Hay que mirar hacia adelante con la frente en alto, porque la vida, como el Metro en hora punta, sigue su curso y siempre, de alguna manera, uno termina encontrando una nueva estación donde echar raíces.
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Autor: Máximo Martínez Campos